Hemos caído en dos extremos: evitar maníacamente el sol, escondiéndonos bajo sombreros y una capa de SPF 50, o freírnos sin sentido en la playa en busca de un bronceado.
La verdad, como siempre, está en el medio: una pequeña cantidad de luz UV es fundamental para la síntesis de la vitamina D, que interviene en miles de procesos, incluida la renovación de la piel, informa .
Evitar por completo el sol es tan perjudicial como su exceso – sin vitamina D, la absorción del calcio se ve afectada, la inmunidad se ve comprometida y enfermedades como la psoriasis pueden incluso empeorar. La piel se vuelve descolorida y perezosa, privada de la vitalidad que le proporciona una insolación razonable.
El secreto está en la dosis y el tiempo. Para un habitante de la zona media, basta con 10-15 minutos al sol por la mañana o por la tarde con la cara y las manos abiertas sin protección solar.
Esto es suficiente para producir la dosis necesaria de vitamina sin el riesgo de quemaduras y daños en el ADN celular.dermatólogos aconsejan para orientarse en su propia sombra: si es más corto que su altura, el sol es activo y peligroso, si es más largo – el tiempo es seguro para un procedimiento corto «vitamina».
Esta sencilla técnica le ayuda a obtener los beneficios sin convertirse en un rehén de la cama de bronceado. Después de esos minutos al sol, debes aplicarte protector solar o ponerte a la sombra, para proteger tu piel de una exposición prolongada.
Este enfoque nos permite separar los procesos: primero nos beneficiamos, luego evitamos el daño.Mi experiencia personal me ha demostrado que este régimen consciente ha eliminado la coloración azulada invernal bajo mis ojos y la fatiga irracional que me había estado atormentando durante años.
Mi piel dejó de descamarse en primavera y mi tono se volvió más cálido y saludable. El sol no es un enemigo ni una panacea, sino una herramienta que hay que aprender a utilizar.
Igual que un cuchillo puede rebanar el pan o hacerte daño, la luz UV puede dar vitalidad o acelerar el envejecimiento: todo depende de la dosis y de la conciencia. La belleza calentada por el suave sol tiene una cualidad especial: parece natural y alegre.
Es el rubor propio de la salud que ningún bronceador puede imitar, porque su fuente es el sabio equilibrio encontrado entre el miedo y el descuido.
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